Ciudad Antigua: Un festival que incentiva el valor histórico correntino en sus 433 años de historia.



Imaginarse en el inconsciente colectivo  a la  ciudad  Corrientes cuatrocientos años atrás podría  ser indispensable. Fundada un 3 de abril de 1588, por Juan Antonio de Vera y Aragón, deslumbran cuatro siglos después sus calles angostas y  sus edificios antiguos de mediados del siglo 18. Un estilo arquitectónico latino y europeo se mezclan con el viento de la globalización en cada área de la ciudad. La cultura conservadora, en ocasiones de campo y gauchesca revive hoy  en  el 2021 los  cuatrocientos mil habitantes que conservan en sus casas, la costumbre de un pueblo antiguo. De allí nace la idea del Festival Ciudad Antigua a cargo de la secretaría de Cultura  de la municipalidad.   Además, en la primera edición realizada el mes pasado, hubo diferentes recorridos en los edificios emblemáticos dentro del casco histórico. La sede fue al aire libre en las inmediaciones del Teatro Vera, se respiraba un aire festivo como  todos los años, en cada aniversario del mes de Corrientes. Donde cada artista plasmo su arte a través de la danza, la música, la pintura, el baile chamamecero y comerciantes ambulantes.

 

Hacía el 1600:

Los edificios del casco urbano contienen en sus paredes el barro  del paso del tiempo y de las primeras corrientes arquitectónicas heredadas de Paraguay (1600), con casonas con galerías expuestas hacia las calles, que expresaban los inicios de la tragedia que nos caracteriza en nuestra idiosincrasia. Las  chozas eran de maderas duras y de tacuara, donde familias enteras vivían en el primer asentamiento en las inmediaciones del puente General Belgrano. Las oleadas de tristeza que emanaban los pueblos nativos despojados de sus tierras, con la llegada del colonialismo y la expulsión de los jesuitas traen los estilos neoclásicos inspirados en lo académico, con ladrillos cocidos y paredes anchas.                                                

Neoclasismo sangriento:

El presenté y el pasado convive en los ventanales de la calle 25 de mayo, que muere su recorrido en la plaza de gobierno y renace el arte gótico con el primer convento de los mercedarios.  La corriente religiosa que comenzó con las primeras edificaciones de la Iglesia de la Merced en 1856. Junto al Palacio de Gobierno hecho por el arquitecto italiano Juan Cool y la legislatura  creados en la década de 1880. El arribo de las oleadas de inmigrantes italianos y la creación de la red fluvial,  trajeron la cal y el  hierro, lo que permitió  enterrar consigo las chozas con galerías expuestas, postal de imágenes de la sangrienta guerra de la Triple Alianza (1864). Los primeros agrimensores radicados en la Corrientes antigua, planificaron los adoquines de las calles y casas, con características italianas,  mezcladas en un mixto contexto inmigratorio  propias de las revoluciones que el mundo vivía. En el llano desdén de las guerras y enfermedades de la nueva era, allí donde dos realidades contrapuestas con siglos de diferencia, despiertan el estilo en las casas correntinas, que vivían el apogeo del crecimiento económico por la creación del primer puerto provincial del país. Se  embarcaban a inmigrantes, ingleses, franceses, paraguayos y brasileros y  en el vapor de los extranjeros, cargados de sueños hacía una Argentina prospera, la llegaba  la fiebre amarilla (1870). Las embarcaciones del frio remanso aturdidos de inmigrantes de Brasil llegaron al puerto de Juan de Vera de la Siete Corrientes, que en la actualidad funciona la estación de colectivos por la avenida costanera.  En la ignorancia propia de los incultos, la falsa creencia que el virus se transmitía por el aire,  se edificaban  casas altas con ventanales  y balcones hacía la calle para que el aire circule y no quede en las instalaciones de las casas. El final de una tragedia anunciada había dejado 14.000 muertes en todo el país, en su mayoría niños. 

Raíces Europeas:

El nuevo siglo XX, dejaba en las calles el silencio de las muertes del virus amarillo. Quienes perciben el dinamismo de la vida social se entremezclan como el agua y el aceite, en nuestra realidad tecnológica, empática que vive hoy la  cuarentena por covid.  Se observan los mismos rostros de las muertes que nos azotan como heridas en nuestra historia.

En 1900 Italia ya arraigaba a nuestra cultura, como en sus  primeros edificios escolares  se realizaron a fin de plasmar la arquitectónica obra de grandes edificadores europeos como Nicolás Groso y Juan Cool que tallaron las escuela Belgrano, Sarmiento y la Sociedad Italiana, para el entonces la ciudad se perfilaba a urbanizarse, destruyendo las primeras casonas con galerías expuestas, que eran sinónimo de estancamiento para aquel entonces.                                                                                                                                           


 

Para 1922 las expresiones inglesas se apoderaron de las instalaciones, reedificaron el  puerto y crearon  la estación de ferrocarril, hoy Museo Municipal, frente a la plaza Libertad.                                                                Durante el mismo año, nace la corriente francesa  construyendo edificios compactos, con patios externos en la terraza. Durante las décadas siguientes convivieron tres corrientes en las construcciones de la ciudad, la italiana, francesa e inglesa.

 

Art Decó de la infamia:

En los desafueros de la primera guerra mundial, Argentina vivía la década infame, la dictadura militar que termino con el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Los silencios de la democracia, los libros quemados y la pausa de la vida en contextos de desequilibrios. Aunque el mundo seguía sus pasos, así llego el Art decó importada desde Paris (1925), en las paredes deslumbraba el arte estético, inspirados en los barcos y los ojos de buey.



 En la desdicha del capitalismo emanado en construcciones que acarician el cielo litoreño y un grado de  concientización de obras que hablan de realidades antecesoras, en un mundo sobrepoblado que busca palear las problemáticas de viviendas, nace el primer festival “CIUDAD ANTIGUA”, para soslayar la inevitable brusquedad del paso del tiempo. Con actividades que llaman al ciudadano a formar parte de la historia. Matar el arte, es un genocidio a la cultura que nos abre las puertas a cuatrocientos años de historia, marcadas en cada cuadra de la ciudad Costera más  antigua de Argentina, con la clara reflexión que aquello que se destruye, no vuelve hacer lo mismo y la historia hace grande a los pueblos.

 

 

Periodista; Renzo Reck  


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